lunes, 22 de febrero de 2016

PRIMER CAPÍTULO DE "LA ESENCIA DE MI VIDA" Y BOOK TRAILER.


1

Las piernas me temblaron un poco al cerrar la puerta. Al girarme, vi a Sofía apoyada en el coche, esperándome. Observé a la gente que transitaba por la calle en ese momento, agarrándome con fuerza a la barandilla para bajar los cuatro escalones que separaban mi casa de la acera. El corazón me latía con fuerza al escuchar el ruido de la ciudad, el rugir de los motores, las voces de los transeúntes. Llevaba diez meses y trece días sin salir de casa y sentí un poco de miedo al contactar con el mundo otra vez. La última vez que pisé la calle fue para ir a la consulta de mi psicóloga, la doctora Gálvez. Ese día le dije que no iba a volver más; ya no me podía ayudar, había hecho demasiado y no quería hacerla perder su tiempo conmigo. Mi alma nunca volvería a ser la misma, pero tendría que aprender a vivir así. No obstante, ella se negó a perder nuestra relación y siempre que podía se pasaba por casa para hacerme una visita, o me llamaba por teléfono para saber cómo me encontraba.
Al llegar al tercer escalón, la rodilla me falló y perdí un poco el equilibrio.
—¡Cuidado, Álex! —exclamó Sofía, acercándose a mí para sujetarme por el brazo.
—Tranquila, solo estoy un poco nerviosa después de tanto tiempo sin relacionarme con la ciudad.
—¿Sabes qué me dijo el otro día tu madre?
—Cualquier cosa, ya sabes cómo es.
—Que te estás volviendo huraña —dijo mirándome fijamente.
—Lo que te he dicho, cualquier cosa. —Me encogí de hombros.
—Álex, te quiero mucho, lo sabes. Y odio decirte esto, pero tú madre lleva algo de razón. No puedes seguir ocultándote de la vida dentro de tus cuatro paredes, al final te volverás huraña y loca. No vas a cambiar nada viviendo así y lo sabes.
—Así que ahora mi mejor amiga se compincha con mi madre. ¡Qué bonito! —Resoplé.
—Sabes que nunca le he dado la razón, por eso no soy santo de su devoción, pero esta vez sí la lleva.
—Bueno, entremos en el coche y luego hablaremos de ese tema, por favor.
—De acuerdo —contestó, y nos montamos las dos en el coche. Nos pusimos en marcha, sumándonos a la marea de vehículos que circulaban en ese momento por la carretera.
Hoy, veinticinco de abril, mi ángel cumpliría nueve años. Por eso había salido de casa, para visitarla a ella y a mi corazón que dormía en su regazo desde entonces. Todos los veinticinco de abril desde hacía cinco años iba a verla y la llevaba su tarta preferida, de chocolate. Luego pasaba allí toda la mañana, recordándole anécdotas nuestras y riendo de sus travesuras, de las pocas que le dio tiempo a hacer. Cuando me marchaba me iba tan hundida que me llevaba meses reponerme un poco, si bien nunca lo hacía del todo, era imposible.
El día más feliz de mi vida fue el veinticinco de abril de 2004, ese día nació Carla, mi ángel. Una hermosa niña de tres kilos doscientos gramos, morenita y con unos despiertos ojos que se comían el mundo. Era tan guapa que parecía una muñequita. Todas las enfermeras se acercaban a verla de lo bonita que era. Me regaló los cuatro mejores años de toda mi vida. Hasta que un día decidió abandonarme, dejándome tan desolada que decidí enterrar mi corazón con ella. Ese fue el día más amargo de mi vida, el día que un médico me dio la noticia de que mi pequeña había fallecido. Jamás podré olvidar el dolor tan grande que sentí. Si me hubiesen atravesado el corazón con un hierro candente no me hubiese dolido ni la mitad. Dieciséis de abril de 2008, ese fue el día más duro de mi vida, el que cambió todo para mí.
Todo empezó de la forma más tonta, con un simple constipado. La llevé al pediatra, que le mandó un jarabe, como siempre, y para casa. Unos días después, lejos de mejorar, Carla empeoró. Le costaba respirar y tenía un tono azulado en los labios que no me gustó nada, así que me acerqué con ella a las Urgencias del hospital. Al llegar allí la pasaron rápidamente a que la examinase un médico. Después de practicarle un riguroso chequeo con el estetoscopio, me dijo que le iba a realizar alguna prueba para descartar problemas de corazón. Mi cara tuvo que reflejar mi nerviosismo, y él intentó tranquilizarme diciéndome que seguramente no fuese nada importante, pero que era mejor prevenir. Le realizaron un electrocardiograma, después un ecocardiograma, una tomografía y una analítica. Cuando el médico se acercó a mí, su cara lo delataba, no era portador de buenas noticias. Me contó que al examinarla le pareció que tenía un soplo, pero uno no común que las pruebas habían confirmado. Se iba a quedar ingresada para realizarle más pruebas, debían asegurarse de que no hubiese algo más. Finalizada la última, una angiografía, emitiría un diagnóstico. Me abracé a Sofía llorando, mientras él se marchaba, y pensé que debía llamar a Raúl, su padre, mi marido hasta hacía cuatro meses.
Dos días después de llegar al hospital terminaron de hacerle todas las pruebas. El médico nos condujo hasta un despacho para hablar con su padre y conmigo. Nunca olvidaré aquellas palabras, igual que nunca olvidaré aquellos espantosos días en que mi ángel no paró de sufrir con tanta prueba, médicos y demás. «Bueno, ya tenemos un diagnóstico. Su hija tiene un mixoma auricular. Es un tumor cardiaco primario: o sea, que comienza dentro del corazón. Realmente son poco comunes, pero Carla lo tiene. Las pruebas son concluyentes y la analítica muestra un claro incremento de los glóbulos blancos y una tasa de sedimentación eritrocítica elevada. No hay ninguna duda, hay que intervenirla.» Durante unos segundos Raúl y yo nos quedamos callados, mirándonos con los ojos llenos de pánico. El doctor se dio cuenta y empezó a tranquilizarnos, explicándonos cómo procederían en la intervención. Al terminar firmamos la autorización correspondiente e iniciaron el protocolo del preoperatorio.
Cuando abandonamos el despacho, Raúl me abrazó con fuerza, pero yo lo empujé, apartándolo. No podía soportar que me abrazase después de su infidelidad, que me tocase con aquellas manos con las que había abrazado a otra mientras vivía conmigo. Aún no conseguía apartar de mi mente la imagen de verlo en nuestra cama revolcándose con otra, tirándosela en el mismo lugar donde dormíamos juntos y me decía que me amaba. Ni lo podía olvidar ni lo perdonaría nunca. Jamás. En ese momento me recorrió una terrible angustia y pensé que a lo mejor por mi culpa Carla estaba en esa situación. Los últimos meses había estado muy hundida con la traición de Raúl. Quizá no le había prestado la suficiente atención y mi radar materno no se había activado. Realmente, durante esos meses el instinto maternal se encontraba sepultado por el insoportable dolor de amante esposa engañada cruelmente. Si hubiese estado más pendiente de ella, igual había detectado algo fuera de lo común.
Dos días después Carla entraba en quirófano para ser intervenida por el mixoma. Pero todo se complicó en aquella operación, y mi ángel nunca despertó de la anestesia. Falleció en la mesa de operaciones, allí sola, rodeada de médicos, pero sin la compañía de su madre. Me llevó años perdonármelo, tanto no haber estado con ella, a pesar de saber que eso nunca habría sido posible; como pensar que debía haberle hecho más caso y detectar yo, su madre, antes que nadie, su problema de salud. La doctora Gálvez me ayudó a entrar en razón, después de casi cuatro años, pero lo consiguió. Ahora no me echaba nada en cara, sabía que yo no había sido culpable de todo aquello. Solo me sentía muy sola sin ella, totalmente vacía, nada más.
—Bueno, ya hemos llegado —dijo Sofía, parando el motor del coche al lado de la puerta del cementerio.
—Has traído la tarta, ¿verdad?
—Sí, está ahí detrás. Y no es que me importe, lo sabes, pero deberías haber ido tú a por ella. Tienes que salir de casa.
—Ahora no, por favor, Sofí, luego hablamos.
—Vale. ¡Mira, ya está aquí! —expresó, señalándome con la cabeza el Audi TT rojo que llegaba al aparcamiento del cementerio.
—Espera que me arme de fuerza antes de salir para soportarla. No sé con qué sermón me sorprenderá hoy.
—¡Venga hombre, es tu madre! Vale que yo no hable bien de ella o que crea que es una bruja, pero en ti no está bien.
—¿Y qué te hace tener dudas de que no sea una bruja? ¿Por qué no le ves la escoba?
—Cuando quieres eres muy mordaz y lo sabes —contestó con una media sonrisa—. Pero hay que reconocer que a veces tu madre se lo gana a pulso. —Sonrió más, al final reímos un poco las dos.
Mi madre se acercó hasta nosotras con sus aires de superioridad gobernando el ambiente. Siempre iba tan estirada que parecía le hubiesen pegado un palo a la espalda para no sufrir la mínima inclinación. Desde mis primeros recuerdos, nunca rememoraba no haberla visto arreglada y maquillada desde primera hora de la mañana, aunque no fuese a salir de casa. Pero cuando mi padre murió y ella se hizo cargo de la editorial, pasó a vivir tan pendiente de su imagen que no existía nada más para ella. No le gustaba que me viesen mucho a su lado, mi pena no pegaba con su glamour, estropeaba su imagen de mujer espectacular que tonteaba con hombres veinte años más jóvenes que ella. Realmente siempre había sido muy guapa, pero ahora los milagros de la cirugía plástica la habían dejado mejor que bien. Maite, mi madre, era una mujer alta y delgada, con el pelo cobrizo, los ojos marrones y almendrados, una tez fina como de porcelana y unos labios carnosos muy bien dibujados. Yo no me parecía mucho a ella, ni tampoco a mi padre, mi madre siempre decía que había salido a la familia de mi abuelo paterno. De altura estábamos a la par, pero yo siempre había usado más talla que ella, mis caderas eran más anchas. Si bien ahora mi extrema delgadez me había dejado en una talla treinta y seis. Desde hacía cinco años no me teñía el pelo, con lo cual tenía mi color original, castaño. Y me había crecido tanto que mi corta melena de antaño se había convertido en una mata de pelo hasta media espalda. Para mi madre era una persona, como solía decir ella, tan normal que pasaba desapercibida. Castaña, con ojos negros inexpresivos, delgaducha y con la pena impresa en mi rostro. Eso es lo que menos soportaba, estaba convencida. Pero no por mí, sino por ella; no poder presumir de hija la consumía. Cuando todo iba bien en mi vida, era feliz, me arreglaba y deslumbraba, mi madre me exhibía como un trofeo ante sus conocidos. Aún recuerdo la primera vez que expuse mis cuadros junto con otros dos pintores en una importante galería de Madrid. Esa noche tuve la impresión de que ella me exponía a mí en lugar de mi obra. Cada vez que alguien le decía lo guapísima que era se hinchaba de felicidad, se pavoneaba sin cesar, mostrando a todos lo que mejor había hecho en el mundo, a mí. Ahora, sin embargo, si pudiese me escondería. No me cabía ninguna duda.
—¿Vais a bajar del coche u os vais a quedar ahí?
—Hola, Maite —saludó Sofía con una falsa sonrisa.
—Buenos días, mamá. Gracias, estoy bien, ¿y tú? —respondí con sarcasmo, saliendo del coche.
—Hola, buenos días a las dos.
—Tu hija ha salido de casa hoy después de más de diez meses, ¿no le vas a preguntar nada? —Sofía la miró  fijamente mientras cerraba el coche.
—Por supuesto. No me hace falta que tú me digas lo que sé que tengo que hacer, guapa.
—Gracias por el cumplido, Maite. —Volvió a sonreír falsamente.
—Paz, por favor, o no entrareis ninguna al cementerio conmigo —dije, mirándolas seria—. Coge la tarta, Sofí.
—Sí, ahora mismo.
—¿Cómo estás, cariño? —Mi madre entrelazó su brazo al mío.
—Bueno, me han temblado un poco las piernas al salir, pero ya estoy bien.
—Álex, debes empezar a cuidarte más. Tienes casi treinta y cinco años, toda una vida por delante. Arréglate, maquíllate, cuídate de las arrugas, ya estás en esa edad. Y sobre todo sal más, no te encierres, hija.
—En eso sí tengo que dar la razón a tu madre —contestó Sofía.
—¡Santo Dios! —exclamó asombrada—. No me puedo creer lo que acaban de escuchar mis oídos —manifestó mi madre mirando a Sofía sin pestañear.
—Cuando llevas razón, la llevas —le respondió esta.
—¿Has visto, Álex? Con tu actitud vas a conseguir que las dos opinemos de la misma forma.
—Sí, ya lo veo. Ahora tendré que soportar a dos dándome la paliza en lugar de a una. Y, por favor, aparquemos el tema. Ahora solo quiero estar con mi pequeña.
—De acuerdo —contestaron las dos a la vez, mirándome.
Pasamos toda la mañana en el cementerio, como cada año. Al llegar la hora de comer lo abandonamos, dejando otra pequeña parte de mí al marcharme, como cada año. Cerca de la salida, Raúl estaba esperando que me marchase para acercarse él, como cada año. Pero esta vez no venía solo. Una mujer bastante guapa lo acompañaba agarrada a su brazo. Al pasar por su lado, ella bajó la cabeza.
—Álex, tenemos que hablar —me enunció Raúl con un tono de voz suave.
—No sé de qué quieres que hablemos, pero este no es lugar. ¿No crees? —contesté a la defensiva, como siempre desde nuestra separación.
—Lleva razón —corroboró la mujer que lo acompañaba.
—Bueno, pues te llamaré para hablar.
—Vale. Aunque no sé si estaré en casa o si el móvil tendrá batería —repliqué, alejándome de él.
Cuando llegamos a los coches Sofía empezó a reír sin parar. Mi madre y yo la miramos sorprendidas, sin saber qué era lo que tanta gracia le hacía.
—¿Se puede saber de qué te estás desternillando? —le preguntó mi madre.
—De lo graciosa que es tu hija. —Continuó riendo—. ¡Ha sido buenísimo!
—¿Qué he dicho tan gracioso?
—Que no sabes si vas a estar en casa. Pero si no sales de ella —contestó con las lágrimas asomando a sus mejillas de tanto reír.
Mi madre y yo nos miramos y no fuimos capaces de contener la risa. Nos unimos a Sofía y su contagiosa risotada durante unos momentos.
—Es muy gracioso, de verdad —dijo Sofía, secándose el rostro.
—Anda, vámonos para casa —le respondí, intentado ponerme seria.
—Álex, he pensado que podía pedir algo de tu restaurante favorito y comer las tres juntas en tu casa. ¿Qué te parece? —me preguntó mi madre.
Las risas se cortaron al instante, ahora predominaba el desconcierto en nuestros rostros, en el de Sofía y en el mío propio. Seguramente ella estuviese pensando lo mismo que yo en este momento. ¿No era suficiente con aguantarla unas horas? No me apetecía nada pasar más rato con ella, era raro que no acabásemos discutiendo. Sin embargo, me dio pena decirle que no.
—Vale, de acuerdo —asentí.
Sofía me miró alucinada y asustada a la vez.
—Entonces vamos para tu casa —dijo mi madre, y se encaminó a su vehículo.
Al montarnos en el coche y ponerlo en marcha, Sofía se dirigió a mí.
—¿Estás loca? Sabes que cuando estáis mucho juntas acabáis mal. Tu madre empezará a meterse en todo y tú no lo soportarás. Aparte de que tú y yo no podremos hablar de nuestras cosas con ella delante. Necesitaba tus consejos. —Suspiró fuerte.
—¿Otra vez has discutido con Miguel?
—Más o menos —contestó.
—Sofí, no sé qué habrá ocurrido esta vez, pero Miguel es un buen tío y está loco por ti. No lo estropees, por favor.
—Lo sé, Álex, de verdad. Solo que me ha propuesto algo que en estos momentos no sé cómo afectará en mi vida laboral, y me asusta.
—A ver, desembucha —la miré seria.
—Quiere que tengamos un hijo. —Le tembló la voz al contestar.
—¿Y dónde está el problema? —le pregunté confusa—. Eso es maravilloso. Tenéis una relación sólida, lleváis casados… ¿Tres o cuatro años?
—Vamos a hacer cuatro.
—Bien, cuatro años llenos de amor y felicidad. Tú tienes treinta y tres, edad de sobra para ser madre. Por ese lado todo está claro. ¿Qué ocurre con tu trabajo?
—Pues que podrían ascenderme, y sé que si me quedo embarazada ni me lo propondrán. —Volvió a suspirar fuerte.
—Entonces tendrás que sopesar qué es más importante en tu vida, un ascenso o ser madre, algo increíble —la garganta se me anudó en ese momento.
—¡Joder, has dicho las mismas palabras que Miguel!
—Porque tendrás que elegir, Sofía. —Hice un mohín—. Pero yo no tendría ninguna duda en ese tema. Daría toda mi vida por volver a pasar los cuatro maravillosos años que me regaló Carla junto a ella.
—No sabía si comentártelo. Sé que hablar de esto debe de ser duro para ti, pero eres mi mejor amiga y siempre has sabido aconsejarme en todo. Necesitaba escuchar tu opinión.
—Pues ya la sabes. No tengas dudas sobre eso, cariño, lo mejor de este mundo es ser madre.
—Gracias —dijo abrazándose fuerte a mí.
—De nada —respondí, notando una lágrima rodar por mi mejilla—. Ahora vámonos o mi madre pensará que le hemos dado esquinazo.
—¡Oh, no me des ideas! —imprecó, y nos reímos.
Mi madre esperaba apoyada en la barandilla de mis escaleras con el pie en continuo movimiento. Eso significaba que estaba harta de esperar.
—¿Dónde demonios os habéis metido? —nos interrogó alterada.
—Nos ha pillado un pequeño atasco, Maite, cálmate —contestó Sofía, aguantando la risa mientras me miraba.
Bajamos del coche y subimos los cuatro peldaños que separaban mi casa de la ciudad. Cuando estaba abriendo la puerta escuché una voz varonil pronunciando mi nombre y me giré.
—Alejandra Villanueva Ramos, ¿es usted? —me preguntó.
—Sí, soy yo. ¿Qué ocurre?
—Buenos días, soy Esteban Rozalén, abogado del señor Alejandro Maxwell. ¿Podría hablar un momento con usted? Es importante.
—¿Sobre qué? —interpeló mi madre airada, sin dejarme ni reaccionar.
—¿Ese no es aquel importante pintor amigo de tus padres? —me preguntó Sofía al oído.
—Creo que sí —afirmé.
—Es sobre su testamento, el señor Maxwell ha fallecido y le ha declarado su heredera universal.
—¿Cómo? ¿Por qué? No entiendo nada —contesté aturdida.
—Bueno, usted es su única hija, es lo normal.
—¿Qué? —pregunté perpleja—. Si esto es una cámara oculta no tiene la menor gracia, se lo aseguro —respondí mirando a mi madre, viendo cómo esta se sentaba en uno de los peldaños, turbada.
—No es ninguna broma, créame, señora —confirmó serio.
—Mamá, di algo, por favor —le supliqué con un nudo en la garganta, sintiendo mi cuerpo temblar.
Mi madre me miró fijamente, con los ojos llenos de lágrimas, y balbuceó algo, pero rompió a llorar sin poder proseguir.
—Mire, porque no pasamos a su casa y hablamos esto mejor dentro —aseveró el señor Rozalén.
—Mamá, habla, por favor, ¡explícame qué es todo esto! —Elevé un poco el tono de mi voz.
Mi madre se levantó, sujetándose a la barandilla sin pronunciar ni una sola palabra. Luego volvió a mirarme fijamente y continuó llorando.
—Álex, será mejor que paséis dentro y habléis. Yo me voy a casa, esto es un asunto familiar. —Sofía me dio dos besos y bajó la corta escalera.
Sin poder reaccionar aún, abrí la puerta de mi casa y entramos los tres al salón. Con un silencio sepulcral, mi madre y yo nos sentamos en el sofá, cada una en una punta, y el señor Rozalén en el otro. Me giré hacia ella, esperando una respuesta, una aclaración a la noticia que acababa de recibir, pero continuaba azorada.
—Mamá, ¿es cierto? ¿Es mi padre? —pregunté, ahogada en incomprensión.
—Sí, lo es —contestó, después de un largo silencio—. Alejandro Maxwell es tu padre biológico. —Lloró más fuerte.
—Perdone mi brusquedad, no debería haberlo soltado así sin más, disculpe mi falta de tacto —declaró el señor Rozalén—. Mejor las dejo solas para que hablen esto y vuelvo mañana para hablar con usted. —Se levantó del sofá.
—No, dígame para qué ha venido. Ya tendré tiempo de aclarar todo esto con mi madre luego —respondí con rabia.
—Como le he adelantado antes, su padre ha dejado todos sus bienes a su disposición. Yo he sido su abogado desde hace once años, desde que se trasladó a vivir a Rota. Quiero saber si se va a hacer cargo de la herencia o no. Sabrá que eso conlleva unos costes económicos que serán elevados por la gran cantidad de patrimonio, aunque también dejó una buena suma de dinero en depósitos bancarios. Lo único que quiero saber es si acepta el testamento para arreglar todo el papeleo cuanto antes, y las titularidades.
—¿Cuándo ha muerto? —preguntó mi madre secándose las lágrimas.
—Hoy hace cinco días.
—¿De qué? —volvió a preguntar.
—Un infarto, murió mientras dormía. Una muerte dulce, ni siquiera se enteró.
—¿Y qué quiere que haga? —le interpelé confundida, sobrepasada por la noticia—. Me refiero a qué debo hacer en caso de aceptar y qué es lo que acepto.
—Debería acercarse a Rota y allí el notario le leerá el testamento. Usted decidirá lo que quiere hacer —contestó, metiéndose la mano en el bolsillo y sacando algo—. Tome, esta es mi tarjeta. Si decide acudir, llámeme y yo la acompañaré. Además, le mostraré una pequeña parte del patrimonio que ha heredado.
—De acuerdo. Me lo pensaré y le llamaré con mi decisión —dije, asintiendo a la vez con la cabeza.
—No tarde en tomar una, señora Villanueva.
—Lo tendré en cuenta, gracias. —Lo acompañé hasta la salida y se marchó.
Cuando cerré la puerta estaba tan aturdida que no sabía qué hacer. De golpe y porrazo había pasado de ser la hija de Julio Villanueva a ser la hija de Alejandro Maxwell. ¿Lo sabría mi padre o se habría ido al otro mundo en la ignorancia? Me acerqué rápidamente al salón, poniéndome frente a mi madre.
—¿Me lo vas a contar o voy a tener que investigarlo? ¿Lo sabía mi padre? ¿Por qué no me lo has dicho nunca? ¿Acaso crees que no tengo derecho a saber una cosa así? ¡Maldita sea, habla de una vez! —levanté la voz.
—Sé que debería habértelo dicho, pero me dio miedo. No quería que me juzgases. —Se quedó en silencio.
—Vamos, continúa, ahora ya lo sé. Explícamelo todo, me lo merezco —dije cruzándome de brazos, esperando que hablase de una vez.
—Nos conocimos en una de sus exposiciones, entonces empezaba a despuntar como pintor y nos sentimos atraídos desde el primer momento. Tu padre y yo llevábamos casados dos años y éramos felices, pero él estaba más volcado en su trabajo que en mí. Se pasaba meses fuera de casa con sus negocios por medio mundo, y yo cada día me sentía más sola. La soledad es una mala compañera, necesitaba un poco de cariño. Una cosa llevó a la otra y acabé en los brazos de Alejandro.
—Mejor dirás en su cama, mamá —expresé con reproche.
—No tienes derecho a hablarme así —contestó a la defensiva.
—¿Y tú sí lo tienes a ocultarme de quién soy verdaderamente hija? Tienes una vara de medir muy particular. Pero sigue hablando, ¿mi padre lo sabía?
—Se enteró un mes antes de su accidente, nos íbamos a separar por ello.
—¿Que os ibais a separar? —La miré atónita—. De eso tampoco me había enterado. ¿Toda mi vida está montada en una mentira o es mi impresión? Dime, mamá.
—Murió antes de mover nada, no hacía falta decírtelo. Ya sufriste bastante con su pérdida.
—Y ¿cómo se enteró? ¿Se lo contaste tú?
—No. —Suspiró fuerte—. Se lo dijo Alejandro —respondió, poniéndose de pie—. Él siempre sospechó que eras su hija, a pesar de que yo se lo negué por activa y por pasiva, pero nunca me creyó del todo. Decía que te parecías a su madre, y es cierto. En su casa tenía una pintura de ella y la semejanza es indiscutible. —Hizo una pausa—. ¿Te acuerdas cuando a los diecinueve años te operaron de apendicitis?
—Sí, lo recuerdo —contesté fríamente.
—Pues él consiguió hacerse con una muestra de sangre e incluso con algún cabello tuyo para realizar una prueba de adn. Así lo confirmó. Habló conmigo y me dijo que si no se lo contaba a tu padre lo haría él, y eso hizo. El día antes del accidente de tu padre me advirtió que se iba a poner en contacto contigo, quería que supieses de quién eras verdaderamente hija. Luego la muerte de tu padre lo cambió todo. Le pedí, casi le rogué, que esperase. No era el mejor momento para hacerlo, tú estabas demasiado dolida para soportar otro golpe. Él lo entendió y accedió. Me llamaba para preguntar por ti, para saber cómo te encontrabas. Fui contándole mil mentiras, alargando con engaños tu dolor con la idea de que no hablase contigo, no quería que te enterases, tenía miedo de que me odiaras. Y entre unas cosas y otras fue pasando el tiempo. Un día dejó de llamar, de insistir, hasta hoy.
—Eres una maldita egoísta, no lo hacías por mí, sino por ti —dije llorando—. Tú no pensabas en mi bien, sino en el tuyo. La perfecta Maite Ramos no podía ser juzgada por nadie. Nadie debía enterarse de que la maravillosa y entregada esposa se revolcaba en la cama con otro mientras su marido estaba viajando por negocios. Daba igual que se hubiera quedado embarazada de otro hombre y engañase a todos, su mundo estaba a salvo guardando su mentira. Hasta una puta habría sido más honesta con diferencia.
Me dio un bofetón, girándome la cara, sus dedos se quedaron marcados en mi mejilla. Notaba el calor de ese manotazo tan fuerte que quemaba mi rostro.
—Pero ¿cómo te atreves a hablarme así? No soy ninguna puta, soy tu madre —me observó con rabia.
—Sal de mi casa ahora mismo —contesté, apretando los dientes con mi mano encima de mi rostro.
—Lo siento, no quería hacerlo, pero me has humillado —intentó acariciarme.
—No me toques. —Esquivé su mano—. Tú tienes derecho a no contarme algo fundamental en mi vida, sin embargo yo no puedo expresar lo que siento. Siempre has sido dura conmigo, a veces hasta fría y distante. Cuando ocurrió lo de Carla, cuántas veces estuviste aquí prestándome tu apoyo, casi nunca. Yo te necesitaba, pero tú estabas siempre ocupada, no tenías tiempo para consolarme. Y no conforme con eso te negaste a que tuviese a mi verdadero padre a mi lado. ¿Por qué? ¿Querías que estuviese sola? ¿Tanto me odias?
—¡Yo no te odio! —levantó la voz—. ¿Cómo puedes pensar tal cosa? Te quiero, soy tu madre.
—Una no es madre por parir, lo es por ejercer como tal. Eso tú no lo has sabido hacer nunca. Una madre antepone su vida por sus hijos, tú no serías capaz de preponer un solo segundo de la tuya. Siempre has sido tú, luego tú y después tú, y así continúas. Has permitido que un hombre se marche a la tumba sin poder decirle a su hija que él era su padre. Por favor, vete, no quiero verte ahora mismo —le señalé con mi mano la puerta.
—Pero, Álex…
—¡Que te marches! ¡Fuera! ¡Lárgate! —chillé sin dejarla terminar de hablar.
—Hija, lo siento, de verdad —dijo llorando.
—¿Que lo sientes? ¿No crees que ya es tarde para eso? No tienes ni idea de lo que es el amor maternal. Yo daría toda mi vida por pasar una sola hora con mi pequeña otra vez. Ese es el verdadero amor, el incondicional. —Las lágrimas recorrieron mis mejillas—. Eso tú no tienes ni idea de lo que es. Y ahora vete o te echaré yo misma.
Sin decir ni una sola palabra más, cogió su bolso y se marchó. Tras escuchar cerrarse la puerta, me desplomé en el suelo y comencé a llorar sin consuelo, preguntándome cómo una madre podía ser tan pancista, no lograba comprenderlo. Precisamente una madre debía ser todo lo contrario, la abnegación debía encabezar su lista de tareas. Pensé en mi padre, en el verdadero, aunque para mí Julio Villanueva siempre lo sería también. Él sí me había dado mucho cariño y amor, más que mi madre con diferencia. Me di cuenta de que no había vuelto a ver a Alejandro desde que me visitó en el hospital tras mi operación de apendicitis. Ahora comprendía el porqué, desde ahí todo se desató, aunque yo había vivido en la absoluta ignorancia. Quería saber más de su vida, de su familia, de mis verdaderas raíces. Me levanté del suelo meditando, secándome las lágrimas mientras determinaba qué hacer. Tras unos minutos de deliberación, decidí ir a Rota, no había marcha atrás. Me acercaría allí para enterarme de qué me había dejado en herencia e investigar un poco sobre él. Se lo debía, él era mi padre, había intentado decírmelo, si bien mi madre lo había manipulado todo a su antojo, lo habitual en ella.
Cogí mi smartphone y llamé a Sofía para pedirle que viniese a verme, necesitaba desahogar todo aquel nudo con ella. En menos de media hora ya estaba en mi casa, como siempre que la llamaba; ella nunca me había fallado en todos estos años. Me demostró que su amistad estaba por encima de todo, que su fidelidad hacia conmigo no tenía precio, y eso que mi madre a veces se lo puso muy difícil. Cuando le conté todo, se quedó boquiabierta.
—¿Que le has llamado puta a tu madre? —Me miró perpleja.
—No la he llamado puta, he dicho que hasta una puta habría sido más honesta.
—Vamos, que le has relegado al más bajo lugar para ella. Habrá echado espuma por la boca.
—Es como se ha comportado, Sofía, de forma rastrera.
—Si lo sé no me voy. Habría pagado por ver la cara de Maite al escuchar de tu boca todo eso. —Sonrió.
—Me ha cruzado la cara con tanta rabia que aún me duele —le expliqué mirándola.
—Las verdades molestan y no nos gusta escucharlas, por eso su ira te ha abofeteado.
—Me voy a ir unos días a Rota. Quiero saber un poco más de la vida de mi padre, si vivía con alguien, qué ha hecho estos años, si seguía pintando…
—Ahora ya sabes de donde te viene tu talento, pura genética —dijo, volviendo a sonreír.
—Sí, seguramente. —Suspiré.
—¿Por qué no vuelves a pintar, Álex?
—Porque no estoy inspirada, Sofía. Para eso necesitas a las musas, y ellas me abandonaron hace cinco años.
—¡Inténtalo! ¿Qué vas a perder?
—Lo intenté una vez, pero no funcionó. Eso es algo que surge de tu interior y ahora no lo hace. La iluminación me ha abandonado —contesté apenada.
—¿Quieres que te acompañe a Rota? Podría cogerme un par de días, los juntamos con el fin de semana y son cuatro. Así no irás sola. Es un viaje largo, nos podemos turnar conduciendo.
—¿Lo harías? —pregunté emocionada.
—¿Y qué no haría yo por ti? Ya lo sabes.
—¡Oh, gracias, gracias, gracias! —exclamé, abrazándome fuerte a ella.






¿Qué, os ha gustado este primer capítulo? ¿Queréis más? Pues ya sabéis, haceros con la novela y leérosla, os va a enganchar de principio a fin y os encantará. De hecho está gustando tanto que la segunda edición está a punto de agotarse y en breve mi editor lanzará la tercera. Muchas gracias a todos, de corazón, por la gran acogida que está teniendo mi primera novela. Si estáis interesados en leerla podéis encontrarla en:








Y en muchos más lugares. Incluso en vuestra librería habitual, basta con dar título, autor y editorial (Imágica Romántica), y el librero se la puede pedir a su distribuidor. Y para cerrar esta entrada con un buen broche fianl, os dejo con el book trailer de la novela. Hasta la próxima, queridos lectores.



viernes, 19 de febrero de 2016

PRIMEROS DOS CAPÍTULOS DE "TODO POR DANIEL" Y VÍDEO DE LA PRESENTACIÓN.

CAPÍTULO PRIMERO

El caso de Daniel Arguelles llenó páginas y páginas de todos los periódicos y horas de radio y televisión. Hasta traspasó las fronteras de nuestro país y se hicieron eco del peculiar suceso en prácticamente todo el mundo. Sí, peculiar, o sea, poco frecuente. Aunque más que su singular historia, lo que le hizo ganarse la fama de especial fue la decisión que tomó el juez Guzmán al respecto. Una sentencia que él mismo denominó insólita. «No quiero crear jurisprudencia con esta decisión, ni mucho menos, sencillamente son medidas desesperadas ante situaciones desesperadas», apostilló al final de su provisional fallo.
Daniel, el principal protagonista de esta historia, nació hace veinticinco años, la fría madrugada del cinco de febrero de 1988. Su madre pasó unas larguísimas horas de parto, dieciséis para ser más precisos, pero todo ese dolor fue compensado al ver la carita de su niño. Al menos eso le contó su padre a Daniel, porque su madre falleció a consecuencia de un ictus cuando él tenía solo quince meses. Apenas recordaba nada de ella, aunque su padre se encargó de contarle toda su vida cuando fue algo más mayor.
Ricardo, el padre de Daniel, era un hombre de treinta y seis años cuando se estrenó en la paternidad. Nunca se planteó casarse ni formar una familia, su vida era una trepidante y arriesgada aventura en la cual no había lugar para nada ni nadie más. Era agente del cesid, espía, y eso más que un trabajo, en realidad era un estilo de vida. En el cesid, actualmente, desde el año 2002, cni (Centro de Inteligencia Nacional), proteger el interés común primaba por encima de las aspiraciones de sus miembros; algo que Ricardo sabía y tenía asumido, por eso no pensaba en compartir su vida con nadie. Pero todas sus férreas ideas se fueron al traste y dieron un vuelco por completo al conocer a Paula debido a un golpe fortuito por un frenazo a destiempo en un semáforo. Ocho meses después de aquel pequeño siniestro se dieron el «sí quiero» en una pequeña y casi perdida ermita de un pueblo del interior de Castellón. Un año después, nacía Daniel, el mayor regalo para ambos, lo que les colmó de felicidad.
Cuando Paula falleció, Ricardo estaba en una misión, la que él pretendía que fuera la última. Una misión en la que fue sorprendido por un inesperado acontecimiento y en la cual, después de mucho tiempo de búsqueda, se le dio por desaparecido. El cesid terminó declarándole oficialmente muerto cinco años después de su evanescencia, en 1994.
El pequeño Daniel, que contaba quince meses en ese momento, se encontró en una situación muy difícil, pues no tenía más familia. Su madre se había criado en casas de acogida y nunca supo de quién era hija, si tenía más hermanos, padre, abuelos…; en fin, parentela en general. En cuanto a su padre, era huérfano desde los seis años, sus progenitores murieron en un accidente de avión junto a ciento ochenta y tres pasajeros. Ricardo se crió con sus abuelos maternos, los únicos que tenía, y ambos fallecieron años antes de que su biznieto naciera. Daniel estaba solo, no tenía a nadie que pudiera hacerse cargo de él.
Los vecinos, alertados por el incesante llanto del niño y asustados porque nadie abría la puerta tras insistir llamando, avisaron a la policía.
—Nos parecía muy extraño escuchar ese llanto sin consuelo y sospechamos que algo ocurría —dijeron a los agentes, que forzaron la cerradura y entraron a la vivienda para comprobar que Paula yacía en el suelo muerta, y el niño, a su lado, no paraba de llorar. Preguntaron a los vecinos por el padre o si conocían algún familiar a quién poder llamar.
—Paula no tenía familia, y Ricardo, su marido, tampoco —añadió una de las vecinas, la señora Manuela—. Él se marchó de viaje por trabajo, y Paula llevaba días sin saber nada de él, estaba muy preocupada.
—Tendremos que avisar a Servicios Sociales —explicó uno de los agentes, y a continuación lo notificó a la central.
Los Servicios Sociales de la Comunidad Valenciana recibieron el aviso de hacerse cargo del pequeño Daniel el siete de mayo de 1989. Sonia, la jefa de ese departamento, acudió en persona junto con otra asistente social a recoger al niño. Era una mujer de treinta y cinco años, soltera, seria hasta el extremo, fría y con un carácter prácticamente inflexible. Sus compañeros la llamaban «la dama de acero», algo que ellos creían que ella ignoraba, aunque Sonia lo sabía perfectamente, si bien no la molestaba. Ella prefería tener esa fama de dura, así ninguno se atrevería nunca a pisarla.
El carácter adusto de Sonia no era así sin más. Su tía, con la que se había criado, fue la encargada de imprimírselo. La madre de Sonia, Azucena, se quedó embarazada con tan solo diecisiete años, algo que enfureció más a su madrastra que a su propio padre. El novio, un marinero asturiano ocho años mayor, nada más enterarse de la noticia puso tierra de por medio, o mejor decir mar en ese caso, y desapareció de su vida. Vivían en un pequeño pueblo de la provincia de Lugo, y en aquella época, por el año 1954, algo así estaba muy mal visto, más aún en un lugar donde todos se conocían. A su madrastra no le apetecía escuchar los cuchicheos de los vecinos por la calle, ni mucho menos que la señalasen. La solución fue tan drástica como eficiente: echarla de casa. «Muerto el perro se acabó la rabia», le dijo a su marido, al padre de Azucena, que se calló la boca y le dejó hacer lo que creyese conveniente.
Estrella, la hermana de Azucena, se marchó con ella. No pensaba dejarla sola ni quería vivir un minuto más con un padre que no tenía voluntad ninguna. Estrella tenía dos años más que Azucena y, desde muy pequeña, siempre se comportó con ella como si fuera su madre, desde que la suya enfermó para posteriormente morir. Estaba acostumbrada a trabajar sirviendo en casas de gente adinerada, pero durante el último año lo había hecho como niñera en casa de la marquesa de Trévez, una joven viuda ricachona que le pagaba muy bien. Una parte de los pocos ahorros que tenía la empleó en comprar dos billetes de autobús a Valencia, donde empezarían una nueva vida. La otra la guardó para poder pagar la habitación de una modesta pensión mientras encontraban trabajo, o arrendar un pequeño piso, siempre y cuando se lo pudiesen permitir.
El comienzo no fue nada fácil. Azucena, por su embarazo, no estaba en condiciones de trabajar, y además tenía una salud quebradiza, así que Estrella se mataba a limpiar casas para poder comer e intentar pagar el alquiler de un minúsculo y ruinoso piso.
Unos meses después de dar a luz, Azucena falleció de una neumonía; sus pulmones, inflamados e infectados en pus, acabaron con su joven vida. Estrella se hizo cargo de Sonia y le trasmitió su duro carácter, su desconfianza hacia los hombres, «el diablo» según ella, y su resentimiento para con la vida. Sonia creció sin amistades y con el recelo continuo que su solterona tía le había inyectado en vena hacia el género masculino. Lo único que hacía con ilusión y pasión era su trabajo. Esa era única y verdaderamente su vida.
El reloj biológico de Sonia venía llamándola a gritos desde hacía un par de años, pero no tenía pareja ni buscaba arrimarse a ningún hombre para satisfacer su instinto materno. Tan solo salió con un hombre en una ocasión, a los veintisiete años, diez meses de noviazgo en los que solo hubo unos castos besos de por medio. Al final, su tía la convenció de que Joaquín, así se llamaba el pretendiente, solo quería aprovecharse de ella y terminaría haciéndole un bombo y abandonándola, como le sucedió a su madre. Sonia lo dejó y no volvió a acercarse a un hombre desde entonces. Sin embargo, para tener un hijo necesitaba uno, al menos su semilla. Pero ella no concebía tener sexo sin más, aparearse como un animal, por eso llevaba meses planteándose la posibilidad de hacerse una inseminación artificial y poder ser madre.
Pero todos esos pensamientos que inundaban su mente continuamente cambiaron de forma, de escenario, aunque no de fondo, en el momento que sus ojos divisaron a Daniel, que continuaba llorando sin parar, revolviéndose continuamente en los brazos del agente que lo sostenía.
—Me permite un momento, por favor —le dijo al agente para poder coger ella al niño.
—Sí, por supuesto. Todo suyo. —Estiró sus brazos para dárselo.
Daniel paró de llorar en cuanto Sonia lo cogió, lo envolvió con sus brazos y empezó a tararear dulcemente una nana. Todos se quedaron asombrados contemplándolo. Se hizo un silencio total, escuchando su sutil tarareo y viendo cómo Daniel la miraba sonriendo.
—Si no lo veo, no lo creo —soltó sin salir aún del asombro el agente que lo había tenido en brazos—. Es cierto eso de que la música amansa a las fieras.
—¡No sea bruto, agente! —exclamó Sonia—. Es un bebé de poco más de un año, no es ninguna fiera. Tan solo estaba asustado al ver a su madre tirada en el suelo sin moverse. Solo necesitaba un poco de calma, nada más.
Daniel, como si comprendiese la situación, se abrazó fuerte al cuello de Sonia, que lo abrazó con más ganas, estrechándolo contra su pecho, sintiendo pegado a su cuerpo los golpecitos de su pequeño corazón latiendo con fuerza. Después tomó su sedosa carita con su mano y lo miró. En ese momento justo, ni un segundo antes ni uno después, mirándose recíprocamente con sus ojos color bellota, supo que lo quería. Quería a ese niño, se había enamorado de él. Le había cautivado su pelo moreno un poco ondulado, su piel sonrosada, sus mofletes redondos y gorditos y sus encarnados labios de piñón. Era toda una monada. Mirándose fijamente, sin ni siquiera pestañear, Sonia tuvo la certeza de que sus despiertos ojos le pedían amparo, se lo gritaban. No hizo falta nada más, estaba decidido; quería ser su madre, lo necesitaba tanto como él precisaba que lo cuidasen y protegiesen. Sonia volvió a abrazarlo fuerte, sus ojos se velaron al instante, sintiendo el calor del pequeño y de nuevo el palpitar de su corazón latiendo al compás del suyo. En tan solo unos escasos segundos se creó entre ellos un momento mágico, inexplicable. Y el velo que Sonia tenía en sus ojos se trasformó en lágrimas que saltaron raudas a sus mejillas.
—¡Estás llorando! ¡Pero si tienes lágrimas! —espetó Encarna, la otra asistente social, boquiabierta—. En los doce años que llevo trabajando contigo no te he visto llorar nunca —afirmó con asombro.
—Y como se te ocurra contárselo a alguien te mato, ¿entendido? —Sonia enjugó rápido su emoción.
—Por supuesto, tranquila.
Sonia y Encarna abandonaron el piso y se marcharon con Daniel hacia su lugar de trabajo en vez de a la casa de acogida correspondiente, tal y como ordenaba el protocolo. Sonia quería hablar con su jefe antes, había tenido una idea, quería acoger ella misma a Daniel hasta que apareciese su padre. Encarna no paró de decir durante todo el trayecto que si lo había pensado bien.
—Es una locura, ¿cómo vas a cuidarlo? ¿Y el trabajo? ¿Qué harás con él mientras estés de servicio?
Sonia no contestó ni a una sola de las preguntas de Encarna, solo miraba obnubilada a Daniel, acariciándolo y besándolo. Pretendía hacerle sentir resguardado y querido, no le importaba nada más en ese momento.
Cuando llegó al despacho de Rafael Escudero, su jefe, y este la vio entrar con el niño en brazos, se quedó patitieso.
—¿Adónde vas con ese niño? ¿Por qué no lo has dejado en la casa de acogida? —preguntó aturdido.
—Porque lo voy a acoger yo. Quiero ser su madre de acogida —contestó seria.
Rafael, que estaba de pie, se dejó caer en su sillón sin dejar de mirarla fijamente, circunspecto, y de pronto comenzó a soplar fuerte, negando a la vez con la cabeza. Su boca disparó al aire todo tipo de preguntas, unas tan solo retóricas y otras con la intención de ser contestadas. Sonia tuvo respuesta para todas y cada una de ellas sin titubear ni un ligero instante. Estaba decidida e iba a hacer todo lo que pudiese para ser la madre de ese niño, aunque ese hecho solo fuese de forma temporal.
—Sabes que su padre puede aparecer en cualquier momento —le dijo Rafael medio cabreado.
—Lo sé.
—Y no crees que es mejor dejarlo en la casa de acogida hasta entonces. ¿Qué leches te pasa? —Levantó un poco la voz.
Daniel empezó a gimotear, abrazándose más fuerte a Sonia. Esta comenzó a calmarlo y a besarle la cabeza.
—No levantes la voz, por favor, no ves que está asustado —susurró Sonia.
Rafael, en tono comedido, le explicó de nuevo que eso no podía ser, se estaba ligando emocionalmente con ese caso y no era muy profesional por su parte.
—No es el primer niño que vas a recoger y que tienes que llevar a una casa de acogida. ¿Qué te ocurre? —volvió a preguntarle.
—Es muy pequeño, me da pena que se quede allí. Conozco el sistema y cumplo todos los requisitos para acogerlo conmigo. No creo que te moleste.
—Me molesta que te impliques tanto porque eso te repercutirá a ti. Te encariñarás con él, y cuando su padre aparezca y tengas que devolvérselo, sufrirás.
—Sufriré igualmente si lo dejo allí. ¡No ves que es muy pequeño! ¡Tan solo tiene poco más de un año! Prefiero tenerlo bajo mi custodia hasta que su padre aparezca.
Rafael se levantó del sillón de cuero negro y comenzó a dar vueltas por el despacho sin parar. Sonia no dejaba de mirar los grandes y espabilados ojos de Daniel, vidriosos en ese momento, que la observaban fijos.
—No voy a dejarte, chiquitín. —Le besó una de sus manitas.
—¿Y qué piensas hacer con él mientras estás trabajando? ¿Se lo vas a dejar a la amargada de tu tía? ¿Crees que ella es mejor que la casa de acogida?
—¡Por supuesto que no! —exclamó, malhumorada ante tal insinuación—. Me cogeré unos días o una pequeña excedencia e intentaré buscar a su padre durante ese tiempo.
—¿Bromeas? —preguntó casi irritado—. ¿Quieres acoger al niño y que yo me quede sin una de mis mejores trabajadoras?
Sonia se levantó un poco enojada y le lanzó su mirada de desprecio. Una mirada fulminadora que Rafael desconocía, nunca la había utilizado con él.
—Egoísta —sentenció Sonia con rabia—. Nunca te he pedido nada en todos estos años, y cuando por fin lo hago, solo te preocupas por ti. No sufras, iré a hablar con el director y que él decida. —Se encaminó hacia la puerta.
—¡Para, para! —Rafael la sujetó por el brazo—. Vamos a hacer algo que no es nada habitual y con lo que voy a darte un poco de tiempo, nada más.
—¿El qué?
—Puedo dejarte a su cargo durante una semana, trámites burocráticos a destiempo los llamo yo. En esa semana quiero que, además de estar con el niño, localices el paradero de su padre y te pongas en contacto con él.
—Vale. ¿Qué sabemos de ese hombre?
Rafael buscó entre los papeles de su mesa y le puso al corriente de lo poco que sabían acerca de él:
—Ricardo Bosco Montalbán, treinta y siete años. Trabaja para el Estado, en el cesid. He hecho algunas llamadas y llevan días sin saber de él. Estaba fuera de España pero no pueden decirme nada más, información clasificada, confidencial. —Chasqueó los labios.
—Entonces, ¿cómo voy a conseguir información yo? —interpeló Sonia, atónita.
—Llamando todos los días y dando la brasa para saber si hay alguna novedad. Tienes armas para persuadir, lo sabes. Intenta chantajearlos emocionalmente con su hijo. Un niño al que solo le queda su padre.
Sonia asintió con la cabeza, sonrió a Daniel y abrió la puerta del despacho para salir.
—Espera —dijo Rafael—. Tómate esta semana a cuenta de tus vacaciones, te empiezan a contar desde mañana. Ahora vete a casa con el niño, tendrás que comprarle comida y pañales.
—Cierto. Gracias —contestó y se marchó.

***

Sonia vivía en un pequeño piso del centro de Valencia. Se independizó al cumplir los treinta años, no aguantaba más el rancio carácter de su tía ni cómo se metía en todo cuanto ella hacía. A pesar de no ser madre, sabía mucho de niños, entre otras cosas por su trabajo, pero también porque había estudiado psicología infantil. Compró todo lo necesario para alimentar y cuidar a Daniel y, de momento, ambos dormirían en la misma cama. Era una cama grande, de matrimonio, a Sonia siempre le gustó descansar con espacio, así que no tendrían problemas para dormir en ella los dos.
Encarna se había encargado, como era costumbre, de coger algo de ropa del pequeño, y Sonia se lo trajo con ella. Todo estaba bajo control, lo único que debía hacer era darle mucho cariño a Daniel mientras trataba de encontrar a su padre.
Como al diablo siempre le gustaba enredar, esa misma tarde, su tía Estrella se acercó a verla, algo completamente inusual en ella. Cuando vio a Daniel en brazos de Sonia, se quedó estupefacta, igual que si hubiese visto a un fantasma.
—¿Quién es este mocoso? O mejor dicho, ¿qué haces tú con él? —preguntó con su resentido tono de voz.
—Es Daniel, un niño al que he acogido momentáneamente mientras encontramos a su padre. No tiene más familia.
—¡Vaya! Tan mal están las cosas que ahora las asistentes sociales os los tenéis que traer a casa.
—No, tía —le contestó a la defensiva—. Lo he traído porque he querido. Está solo y es muy pequeño.
—Para eso están las casas de acogida, para los niños, grandes y pequeños. ¿A qué juegas? —inquirió a la vez que entraba. Sonia fue tras sus pisadas, y Estrella se sentó en el sofá del salón, esperando una respuesta.
—Mira, tía, no tengo que darte explicaciones de mi vida, soy una mujer adulta.
—¿Adulta? Yo creo que eres una insensata, eso es. —Arrugó el entrecejo.
Sonia no le hizo el menor caso e ignoró sus comentarios, que siempre eran reproches; nada nuevo para ella. Sentó a Daniel al lado de esta, el niño la miraba inmóvil, pero al final sonrió.
—Por favor, cuídale un momento, voy a calentarle un puré para que coma.
 Estrella ni abrió la boca, y Sonia se marchó a la cocina a preparar la comida. Cuando regresó, Estrella estaba haciéndole pedorretas a Daniel, que reía sin parar, y Sonia se quedó alucinada viendo aquella escena.
—Si no lo veo no lo creo. Pero si te ha sacado hasta una sonrisa, no sabía que tus labios fueran capaces de lograrlo. Nunca te he visto alegre. —La cara de su tía cambió al instante.
—¿Quién te ha dicho que yo esté alegre? —le preguntó su mal genio.
Daniel volvió a sonreír y emitió un balbuceo sin llegar a comprender qué decía. Y Estrella, la que no estaba alegre, la que no sonreía, volvió a estirar extensamente las comisuras de sus labios. Sonia no quiso hacer ningún comentario más al respecto; sabía que su tía no daría su brazo a torcer y no admitiría que Daniel endulzaba su amargo carácter. Sonia anudó al cuello de Daniel una servilleta, a modo de babero, para que no se manchase mientras le daba el puré.
—¿Vas a saber dárselo? —le preguntó su tía, seria.
—No creo que haya que estudiar una titulación para hacerlo —le respondió, atónita por tal pregunta.
—¿Has comprobado que no queme? Y no llenes mucho la cuchara, luego goteará y se pondrá perdido —escupió su gruñona voz.
—¿Quieres dárselo tú? —Sonia habló un poco ofendida.
—Pues sí, será mejor, trae. —Le quitó el plato de la mano.
Sonia se quedó patidifusa, sin saber qué decir. Sus manos acabaron vacías, y su boca no fue capaz de contradecir a su tía, que ya había empezado a dar de comer a Daniel. Sonia no recordaba haberla visto así de ilusionada nunca, de repente era otra persona, una total desconocida para ella. Y así pasó prácticamente toda la tarde, jugueteando con Daniel, haciéndole carantoñas y hablando con él.
—Bueno, me marcho —dijo Estrella, casi llegando la noche. Se acercó a Daniel, que estaba jugando sentado en una mantita en el suelo, y le dio un beso—. Hasta mañana, pequeñín —se despidió de él.
—¿Cómo que hasta mañana? ¿Vas a venir otra vez? —Sonia realizó la pregunta espantada.
—Por supuesto. Tendré que asegurarme de que cuidas bien de este niño.
—No soy tonta como tú pretendes hacerme sentir. Sé de sobra cuidar de un niño.
—¿Acaso has criado alguna vez a uno? —interpeló su resentimiento—. Que yo sepa no lo has hecho nunca. En cambio yo te crie a ti, y antes lo hice con tu madre. Mi madre estaba enferma y no podía hacerlo. Con solo seis años yo cuidaba…
—Cuidabas de mi madre y aprendiste a cocinar, no tuviste otro remedio —dijo, cortándola y acabando la frase por ella—. Sé que fuiste niñera en casa de una marquesa y luego continuabas ejerciendo ese papel al llegar a la casa de tus padres; ya lo sé, me lo has repetido hasta la saciedad. Y luego, con diecinueve años, te hiciste cargo de mí al fallecer mi madre, y me has sacado adelante tú sola. Me lo sé de memoria, no dejas que lo olvide —le reprochó.
—Y así me lo pagas, no queriendo saber de mí y no queriendo que te ayude con este niño. Eres una desagradecida. En eso no te pareces a tu madre.
—Por favor, vete, tía. No quiero discutir, como de costumbre. Ven a verlo cuando quieras, pero no para mandarme lo que tengo que hacer. Soy mayorcita y esta es mi casa.
Estrella se marchó dando un fuerte portazo y no volvió a aparecer por la vida de Sonia hasta muchos meses después. Hasta que Daniel cumplió los dos años y Sonia, rebajándose como tantas veces, la llamó suplicándole su perdón y rogándole que volviese a tener relación con ella. Al fin y al cabo era su única familia.




CAPÍTULO SEGUNDO

Todos los días, Sonia llamaba al Ministerio de Exteriores para ver si sabían algo de Ricardo Bosco. Y todos los días, después de pasarle por varios departamentos, la respuesta era la misma: aún no sabían nada. Así pasó una semana, y otras más, y un mes, y varios más. Y lo que iba a ser una semana de sus vacaciones para poder cuidar de Daniel se convirtió en una larga excedencia al pasar a ser oficialmente madre de acogida.
Las llamadas al ministerio dejaron de ser diarias para pasar a ser semanales y luego quincenales. Pero terminaron cansando, y un día le dijeron que no llamase más, porque en cuanto supiesen algo se lo comunicarían de inmediato. A Sonia, lejos de molestarla el desconocido paradero de Ricardo, la alegraba saber que, por el momento, nadie iba a apartarla de Daniel, e hizo lo que le solicitaron: no importunar más.
El amor que Sonia sentía por el niño crecía día a día igual que una planta con ayuda de agua, oxígeno y sol. Cuando Daniel cumplió dos años, decidió buscar una guardería para llevarlo y volver al trabajo. Bueno, en realidad no fue una decisión de motu proprio más bien se vio presionada por Rafael, que llevaba tiempo insistiendo, sin parar de suplicarle, que volviese al trabajo porque la necesitaban. Cuando Sonia estaba a punto de darse por vencida ante su persistencia, él mismo se encargó de encontrar una con muy buenas referencias y cerca del departamento de Servicios Sociales, así no podría echarse atrás. Y Sonia, sin poder poner ninguna excusa más, retomó su vida. Aunque ahora su vida tenía un aliciente muy especial: Daniel. Antes todo para ella era su trabajo, ahora su todo era él.
El sobrio carácter de Sonia, vestida siempre de traje chaqueta y con su moreno y largo pelo recogido en un moño, se amansó con el paso de los meses. Eso sí, tan solo lo hizo de puertas para adentro de su casa, con Daniel, y dejó entrever algún atisbo de ese cambio a Rafael y un pequeño vislumbre a Encarna. Nada más. A nadie ni en ningún otro lugar mostró esa variación, y mucho menos en su trabajo. La dama de acero continuaba siendo férrea en su despacho, en el papel de jefa, en su división, pero en cuanto abandonaba aquel lugar, toda su vida giraba en torno a Daniel, no había nada más en el mundo para ella, y tampoco lo necesitaba. Él la llenaba plenamente, jamás rio tanto, de ningún modo fue tan feliz, nunca amó tanto ni de esa forma tan pura e incondicional. Antes nunca miraba el reloj buscando la hora para salir del trabajo, y ahora ansiaba que las agujas la marcasen, y en cuanto lo hacían, corría veloz a recoger a Daniel para pasar toda la tarde a su lado, jugando, tirándose al suelo con él como si fuese una niña, disfrutando como no lo había hecho en su vida, ni siquiera cuando era pequeña. Su tía nunca jugó ni un solo segundo con ella, en absoluto perdió un pequeño instante de su tiempo para hacerle sonreír e hizo que madurase rápido y veloz, perdiéndose por el camino toda su infancia y adolescencia. Pero ella no estaba dispuesta a que eso le ocurriese a Daniel. Él tendría la infancia que ella nunca disfrutó, una infancia llena de recuerdos felices, de sonrisas y juegos.
Los años pasaron, y Sonia se mudó a un piso más grande para tener más espacio. Todo cuanto hacía lo hacía para y por Daniel. Lo quería con locura, y Daniel la quería igual a ella. La relación entre ambos creció y se soldó hasta fundirse, en verdad eran dos personas unidas en una sola alma.
Al llegar el séptimo cumpleaños de Daniel, en 1995, Sonia preparó una fiesta por todo lo alto. Invitó a Rafael, su jefe y único confidente, el único hombre que apreciaba y a quien mostraba afecto. Seguramente se debía a que él nunca le había cuestionado o dicho lo que debía o no hacer, y ella lo respetaba por eso. Y precisamente ese respeto mutuo los había llevado a iniciar una amistad que jamás mezclaban con los asuntos laborales; esa era la clave del éxito de aquella singular relación.
Sonia también invitó a Encarna, compañera de trabajo desde hacía muchos años y con la que tenía buena relación, y a otras dos compañeras más que se habían interesado siempre por Daniel, algo que ella agradecía. Por supuesto, Estrella, su tía, también iba a acudir, porque su relación con Daniel era bien distinta a la que tuvo con Sonia. Con él reía, jugaba e incluso le decía que lo quería, algo que Sonia no recordaba haber escuchado nunca de boca de su tía. Y como no podía ser de otra forma, para que aquel cumpleaños fuese ideal también invitó a los mejores amiguitos de Daniel. Iba a ser una celebración completa, porque Sonia tenía un gran regalo para él.
Cuando ese día acudió al colegio a recogerlo, Daniel, que era muy observador, se percató del cambio en la sonrisa de Sonia, aquel trazo en sus labios al verlo era más inmenso de lo acostumbrado. Ella lo abrazó con mucha fuerza y le dijo que tenía un regalo para él, un increíble regalo, le recalcó. Pero para dárselo, antes él debía decidir si lo quería o no.
—¿Qué es, mamá? —preguntó Daniel completamente ilusionado.
—Vamos andando y te lo cuento, ¿vale?
—Vale, venga, cuéntamelo. —Comenzó a andar, cogido de la mano de Sonia.
—Verás, ya sabes que tú antes de encontrarme tenías una mamá y un papá, ¿cierto?
—Sí, lo sé, ya me lo has contado muchas veces. Pero tú eres mi mamá. Yo te quiero y tú me quieres a mí.
—Por supuesto —contestó Sonia, parándose un momento para darle un gran beso. Después continuaron andando—. Y sabes que esa es la razón por la que tus apellidos no coinciden con ninguno de los míos.
—Sí, también me lo has explicado muchas veces.
—¿Y qué te parecería tener mis apellidos? Te llamarías Daniel Argüelles Langa en lugar de Daniel Bosco Expósito. ¿Quieres? —le preguntó, parándose de nuevo.
—¡Sí, mamá, sí! —exclamó feliz, abrazándose a ella.
—Pues ese es mi regalo —dijo Sonia con la voz emocionada—. Ahora serás mi hijo legalmente. —Lo besó en la cabeza sin parar.
—¿Legalmente? ¿Qué significa eso? —preguntó él extrañado, mirándola sin pestañear.
—Que siempre estaré contigo, nunca me separaré de ti, jamás. ¿Quieres? —volvió a preguntar, sonriendo, mientras una lágrima saltó a su rostro.
—¡Sí, quiero legalmente! —contestó Daniel sin parar de abrazar a Sonia, su madre.
Sonia comenzó a reír al ver y sentir la felicidad de Daniel. Al fin su sueño se hacía realidad, Daniel iba a ser oficialmente su hijo. Tras declarar muerto a su padre, la única familia que tenía, ella podía adoptarlo. El seis de junio de 1995, Daniel cambiaba de apellidos de forma legal por los de su madre, Sonia.

***

Todo marchaba sobre ruedas y el tiempo corría veloz. Sonia se sentía realizada, no necesitaba ningún hombre en su vida, como algunas de sus compañeras se empeñaban en decirle y muchas otras no paraban de dejárselo caer. Y no sería porque no hubiese hombres interesados por ella. En el trabajo, sin ir más lejos, tenía a dos moscardones revoloteando siempre a su alrededor. La dama de acero era atractiva, a pesar de esconder toda su gran belleza bajo su austeridad, pero ella pensaba que el amor de pareja estaba sobrevalorado, no le hacía falta nadie más que Daniel para ser feliz; él era su príncipe azul, todo cuanto quería, su niño. Y su niño estaba a punto de cumplir ocho años, solo faltaban dos días para la maravillosa fiesta que le tenía preparada.
Pero ese día, el cinco de febrero de 1996, todo cambió de repente. Los invitados eran los mismos del año anterior, y todos estaban ya en su piso. Todos salvo Rafael, algo totalmente inusual en él, que era casi obsesivo con la puntualidad.
—Qué raro que Rafael no esté aquí ya —le comentó Encarna a Sonia, que asintió con la cabeza sin mediar palabra.
Casi media hora después de comenzar la fiesta, Rafael apareció. Su semblante era extremadamente serio y estaba lívido. A Sonia no le gustó su rostro, era la cara de las malas noticias. Ni siquiera felicitó a Daniel. Pasó al salón con una mirada ausente, se acercó a Sonia y, cogiéndola del brazo, se la llevó hasta la cocina, un lugar donde no había nadie en ese momento.
—¿Qué ocurre? Me estás asustando —dijo Sonia mientras Rafael cerraba la puerta.
—Siéntate, por favor. —Su timbre de voz sonó apagado.
—¿Qué pasa? Habla de una vez. —Sonia alzó la voz.
—Ricardo Bosco ha aparecido.
—¿¿¿Qué??? —preguntó incrédula ante lo que acababa de oír.
Las rodillas de Sonia fallaron y tuvo que apoyarse con fuerza en la silla que estaba a su lado para no caer. Acto seguido se sentó en ella.
—Te dije que te sentases, pero eres siempre tan testaruda… —refunfuñó Rafael.
—¿Cuándo? ¿Cuándo ha aparecido?
—Hace unos días, aunque a mí me lo han comunicado hace más o menos una hora. Y ya sabes lo que quiere.
—¡¡¡No!!! ¡Eso, no! ¡Es mi hijo! —escupió Sonia con rabia, levantándose de la silla a la vez—. Yo lo he adoptado, lleva mis apellidos. No puede pensar que voy a renunciar a él sin más.
—Sonia, por favor, cálmate. Entiendo tu postura, pero es su hijo, él es su verdadero padre.
—¡Y yo qué! —gritó con fuerza—. Acaso yo no lo he criado, no lo considero mi hijo aunque no lo haya parido. Puedes mirarme a la cara y decirme que no soy su madre. —Le fulminó con la mirada—. Llevo seis años y nueve meses con él, los mejores de toda mi vida, y no voy a consentir que nadie me diga que no es mi hijo.
—Mira, Sonia, yo estoy de tu parte, aunque ahora mismo no lo veas, pero entiendo su postura también. Mañana me reuniré con él y contigo en mi despacho. Hay que buscar una solución a esto.
Sonia volvió a sentarse, intentando contener las lágrimas que sus ojos estaban a punto de derramar. En ese momento, la puerta de la cocina se abrió, y Estrella, su tía, los miró con recelo.
—¿Se puede saber qué hacéis aquí los dos solos y encerrados?
Sonia pulverizó a su tía con la mirada y prefirió no contestar a su absurda pregunta. Una pregunta que estaba segura era más una insinuación. Mejor guardarse la grosera contestación que pasó por su mente en ese momento.
—Solo hablábamos —respondió Rafael.
Sonia se levantó de nuevo, suspiró fuerte y salió de la cocina, adentrándose en el comedor. Al ver a Daniel jugando con sus amiguitos, sonriendo feliz, no pudo contener por un segundo más las lágrimas. Se las enjugó velozmente, pero Daniel reparó en que a su madre le ocurría algo y se acercó hasta ella.
—¿Qué te pasa, mamá? ¿Estás triste?
—No, todo lo contrario, cariño. —Intentó sonreír—. Estoy muy feliz de ver lo bien que te lo estás pasando. Voy un momento al baño, ahora vuelvo. Tú sigue jugando y disfruta de tu cumpleaños, ¿vale?
—Vale —contestó él, y le dio un beso antes de volver con sus amigos.

Sonia entró en el baño y, presa del pánico, se derrumbó en llanto. Nunca había sentido aquel fuerte dolor que le oprimía el pecho y la dejaba sin aire que respirar. Era espantoso, escocía, quemaba, ardía. Era una desazón infernal, un tormento apabullante y atroz. «No me lo puede quitar, no puede, no es justo, yo lo quiero, es mi niño, es mi hijo», no paraba de repetirse sin dejar de llorar. Y así paso largo rato encerrada en aquel baño, intentando mitigar un poco el brutal desasosiego que recorría su cuerpo antes de volver a salir de allí y ver de nuevo la cara de su pequeño.


¿Os han gustado estos dos capítulos? ¿Os apetece leer más? Pues a qué esperáis para haceros con esta novela llena de emoción y sentimientos. Podéis encontrarla en:






Entre otros muchos lugares, por supuesto. Y si vivís cerca en Arganda del Rey, Rivas, Campo Real, Perales de Tajuña o Belmonte de Tajo, también podéis encontrarla en:

Librería Guillén (Arganda)
Papelería Sayri (Arganda)
Librería Anlli (Arganda)
Librería L@piz (Arganda)
Librería Goméd (Arganda)
+ Q Libros (Campo Real)
Librería El Cruce (Perales de Tajuña)
Tu Tienda (Belmonte de Tajo)
Espacio Lector Nobel (Centro Comercial H2O, Rivas Vaciamadrid)

También podéis solicitarla en vuestra librería habitual. Basta con dar titulo, autor y editorial (Imágica Romántica) y ellos la pedirán a su distribuidor para hacérosla llegar. 

Y para acabar os dejo dejo con el vídeo de la presentación de "Todo por Daniel", mi segunda novela publicada. Espero que hayáis disfrutado de esta entrada, queridos lectores. Un placer contar con vosotros.